De pequeña me veía siendo una escritora; tenía tantas emociones
en mi interior que, mientras todo transcurría, yo iba
escribiendo esas historias mentalmente. Lo que me abrumaba, lo que
me gustaba, lo que no me gustaba tanto, los colores vívidos y
brillantes de la naturaleza, un cielo azul mientras me tendía boca
arriba a ver el cielo, las estrellas fugaces y las no tan fugaces…hoy aún,
cuando algo dispara una emoción en mi interior, capturo ese instante
en mi mente y luego regreso a él para escribirlo, siempre pongo una misma
canción, hay veces cambio, pero siempre escribo para procesar eso que siento.
Siempre que cierro los ojos y me veo hacia adentro, me veo sentada
en aquella sillita azul, en una ventana que nunca he sabido dónde
es y que he perseguido toda mi vida, en esa calma y serenidad que,
aunque me ha costado mucho, hoy sé que la he encontrado. Porque la
ventana, la silla, ese horizonte y la paz que sentía en mi alma,
estaban en mí, no en ninguna parte.
Soy escritora por naturaleza, no sigo reglas, normas, métrica,
porque mi corazón tiene un ritmo así tal cual lo escribo y lo lees.
Sin pausa, sin puntos ni comas, como mi vida. Veo números en todo,
siento que la naturaleza es una gran composición matemática y busco
la belleza que hay en ella por todos lados.
Es mi compañera y mi guía; el mundo verde, así como escribir, han
sido mi camino y mi salvación. Cuando he estado perdida, ambas me
han encontrado. Me han tomado de la mano en mi camino y son mis
bastones, literal.
“Yo solo espero que desde la distancia sea capaz de mantener en pie
un bosque centenario que no solo es bosque, es agua, es aire puro,
son semillas guardadas para que Zuly, la chica del futuro a quien
Anuk le escribe, tenga aún respuesta a su carta del 2198.”