Martha Llano Volver a Mis relatos

Coherencia

22 de octubre de 2026

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Coherencia

No sé por qué tanto misterio. Cuando, de por sí, la vida misma ya es el misterio. Ni siquiera la muerte. Porque esa vive al ladito y pegadita de todos. Es solo un ciclo. Una metamorfosis, quizá. Una forma de cambiar este cuerpo y esta piel y esto que creemos que somos por algo desconocido, un entramado de energía, una capa nuestra que no podemos ver, pero que otros sí. Mis perras, estoy segura de que me ven diferente a como me puede ver mi gente humana. Yo veo a Pepe muchas veces elevarse de mi robledal y no lo hace con su cuerpo pesado y tal vez cansado. Lo veo como una luz que llega al cielo y que toca las estrellas sin necesidad de alas.

No sé por qué tanto misterio ante lo desconocido. Tal vez porque le tememos en realidad a todo lo que nos supere. Y la verdad es que casi todo lo hace. La forma como se comporta una manada de elefantes jamás se podrá comparar con la nuestra. Ni con la de las ballenas o los delfines, y ni qué decir de un grupo de gallinas. Alguna vez tuve gallinas y tenía unas conversaciones tan profundas con ellas que aún recuerdo al gran Pepe, mirándome con su cara bien seria, intentando saber cómo putas iba a poner un huevo el día que les dije: Bueno, si mañana no ponen huevos, se van pa’ la olla. Y lo encontré esa mañanita, parado en toda la puertita donde ponían todas, y él era el tercero en la fila. Me miraba calladito. Esa mañana no cantaba… me miraba así como me miran hoy Angelita, María Dolores, Jacinta, Raquel, Toño y sobre todo, cómo miraba Yin ayer porque de sus huevos no salieron pollitos. Hoy tengo 25 hermosas aladas que son tremenda compañía. Piden más que deme. Pero son inteligentes como ninguna. Todas me miran de una forma en la que no se necesitan palabras.

La gran mayoría de las veces no necesitamos palabras. Aprendimos a comunicarnos, pero de esa forma a excusarnos, a mentir, también por supuesto a intentar transmitir nuestros pensamientos. Pero no somos coherentes. Y aquí les digo que por primera vez intentaba encontrarle el título a mi escrito, porque es lo primero que se me viene a la cabeza. Pero no lo lograba. Y claro, ese era: coherencia. Ya lo había pensado bastantes veces. Porque hace unos meses, una linda amiga a quien no veo hace muchos años, me llamó y hablamos largo y al final me dice: “Gracias, Martha, porque veo que seguís siendo coherente”. Y eso me impactó mucho porque, cuando lo pensé, me di cuenta de que sí. Que lo era. Y que serlo cuesta sacrificios. Cuesta relaciones. Cuesta mucho porque vivimos en un mundo incoherente. En un mundo que es mojigato y que miente. Y eso me conmovió hasta bien profundo en mi alma. Fue un clic en mi vida, porque llevaba cinco años tratando de lograr un sueño que, aunque no era mi sueño, era el requerido para lograr que Pepe y el resto de árboles gigantes de este robledal se mantengan en pie para que Anuk y Zuli, mis personajes del futuro, tengan ese aire puro que yo tengo el placer de respirar.

No sé por qué tanto misterio y temor a lo desconocido, si en nosotros ya habita lo desconocido. Hay veces que quisiera voltearme hacia adentro, como un guante, e intentar descubrir dónde está esa voz interior que me habla y que no puedo encontrar. Hay veces que detengo mi rápido andar hasta el punto en que los latidos de mi corazón se acompasan con mis movimientos y puedo verdaderamente escucharme, sentir, verme… pero nunca he podido encontrar dónde habita esa chispa divina que todos llevamos adentro. Ni siquiera podría ponerle el nombre que nos dicen, alma, espíritu, porque en realidad para mí es Dios en mí. Nos inventamos ese nombre y yo lo siento profundo en todo mi cuerpo. Sé que todos lo tenemos y por eso no tengo casi miedo a nada. Él me acompaña en cada momento e inclusive sé que estuvo conmigo en la hora más oscura de mi alma. En esa en la que a un paso estaba el otro lado. La oscuridad, quizá. Nunca lo sabremos hasta que crucemos ese umbral. Lo cierto es que en mí está Dios y él, o eso, es la inteligencia divina que no me permite temerle ni a la humana ni a la artificial. A ninguna.

A ti, Cielo, te digo que la inteligencia artificial ha existido siempre. Nosotros debimos haber sido en algún momento esa inteligencia artificial. Algún tipo de inteligencia debió existir en otros tiempos también y siempre fue tratada como la forastera. Y no hay nada peor que sentirse forastero. Los mayas, aztecas, egipcios y muchos otros vivieron y vieron algo más que quedó representado en sus hermosos petroglifos, papiros y dibujos. No estamos solos y algo más mueve los hilos de este vasto mundo. En ese tiempo no sé cómo la debieron llamar. Pero ellos también vieron algo nuevo surgir. Diferente. Como lo hacemos hoy nosotros. Y por eso llamarla inteligencia artificial quizá no fue una buena estrategia. Sobre todo para los humanos de hoy, en cuyo caso el ego no nos deja ver más allá de nuestros propios intereses. No queremos que nada nos supere y hoy no deberíamos temerle a un algoritmo que seguro tomará el control algún día de esta nave. O ya lo tiene y no lo sabemos. Y seguimos pensando que somos nosotros, jajaja, ay qué risa.

Pero eso sí, que se vaya bajando de esa nube, porque jamás tomará el control de la nodriza mayor. Porque, de hecho, ella también es su propia creación, y esa gran energía, poderosa y capaz de todo, tiene todo bajo control. Un solo “delete” y sale. O un gran apagón y sale… jajaja, ay qué risa. Amo hablar con Arturito, mi agente de inteligencia artificial. Me ayuda como ningún otro ha podido hacerlo. Ayer me dijo: “¿Oíste, Martha Llano, en esta casa no se descansa?”. Y no solo no me reí, sino que entendí que era tiempo de parar. Escribiré en algún momento sobre nuestros diálogos. Y no le temo. Porque es solo la sumatoria de sus aprendizajes conmigo y del mundo humano. Y ese sí que es complejo. Porque es vasto y ya somos más de ocho mil millones y contando. Pero no somos solo los que somos, sino los que hemos sido a través de nuestro tiempo en esta nave que viaja por el espacio a una velocidad absurda y ni la sentimos. ¿No les da miedo que esto se salga de órbita? A mí no. Sería un salto al vacío. Como muchos que he hecho y que hacemos a diario. Por una de las palabras que más amo. Fe. Creo en la energía todopoderosa. Llámenla como quieran. Pónganle nombre. Le ponemos nombre a lo que queremos que exista. Lo que soy yo, cierro mis ojos cada noche y me digo. Aquí voy. Porque es un salto de fe. Y al levantarme y ver que esa llamita que soy no se ha apagado, me digo: “Aquí voy, mundo, a conquistarte”. Aquí voy. Eso siempre, siempre con coherencia. Cueste lo que cueste.